jueves, 11 de octubre de 2007

Chi-che pudo

Uno de los misterios más importantes de mi infancia era la intrigante apariencia de las chichis.

En ese tiempo veía las blusas abultadas de las mujeres y me preguntaba qué secreto guardaban ahí adentro, qué forma tendrían, qué color, qué textura...

Recuerdo muy bien una tarde en la que yo tendría cinco o seis años y emocionado señalaba a mi mamá un anuncio de Cross Your Heart de Playtex en la revista Vanidades. Mi mamá, con paciencia pero no sin susto de aceptar que tenía un hijo precoz, sonreía y hacia un gesto como de: "Sí, las mujeres tenemos chichis".

Años después vi en el cine por pimera vez un par de teclas, chiches, bubis, senos, mamas, tetas, lolas, nenas, o como les quieran llamar. Ese acercamiento se dio gracias a la película Y Dónde Está el Piloto; en donde en una escena muy breve aparecía brincando una mujer desnuda en medio de una turbulencia. ¡Chin!, duraba tan poco, pero, si ver eso había sido una revelación, tocarlo tendría que ser mi tesis.

Tengo que presumir que mi primera experiencia tactil se dio de manera masiva, aunque indirecta. Resulta que yo tenía 14 años cuando me invitaron al quinceaños de Raquel, quien tenía una noticia buena y una mala. La buena era que tenía tres hermanas mayores que eran la fantasía de la colonia, y la mala es que también tenía un hermano mayor buenísimo para los madrazos. Bajo ese panorama nos lanzamos yo y mis amigos garros de ese tiempo al convivio adolescente.

Estando allí y previendo que ninguna de las presentes se animaría a bailar conmigo, tomé el álbum en el que se supone todos los presentes deben firmar y me di a la tarea de invitar a cada una de las amigas de la quinceañera a que pusieran su autógrafo. Aunque era una iniciativa limpia y sana, descubrí que por la forma en que yo sostenía el álbum mis nudillos necesariamente tenían que rozar los senos de quien firmara.

No vale la pena escribir lo feliz que fui "haciendo tocamientos" a todo el público femenino de la fiesta, por supuesto que hice firmar dos veces a las hermanas, -una de ellas mientras bailaba rebotaba su humanidad en mis manos-. Salí del quinceaños contentísimo, pero con un pequeño sentimiento de culpa, de alguna manera había manoseado sin permiso... pero tampoco fue para tanto.

Mujeres: las chichis siguen siendo tema de todos los hombres que conozco, nadie supera ese misterio. A los caballeros se nos pueden olvidar los nombres, pero no los pares.

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