viernes, 19 de septiembre de 2014

Lo extraño de extrañar

Le dices a la gente que extrañas a alguien y te mira raro, como si extrañar fuera un gesto de fragilidad o de carácter liviano, como si les diera lástima ver a un hombre atascado en las ruinas de un recuerdo. La gente no entiende que puedo extrañarla y sentirme bien, que una cosa no estorba a la otra.

Por eso prefiero extrañarla en silencio, de la garganta para adentro. Porque además la extraño en diferentes planos, y esos planos cambian de urgencia, de prioridad, a veces uno le lleva delantera al otro, pero siempre tienen que ver con ella.

Extraño a la mujer, a lo que ella es y representa sin mí. Su unidad en la Tierra. Este renglón incluye desde su voz hasta su manera de sacar dinero del cajero, su receta de fideos o el olor de su crema.

Luego extraño mi tiempo con ella, la época juntos, los dos otoños y los dos veranos, la música que escuchamos, el parque que nos apadrinó, los sabores de su nevería que luego fue nuestra nevería; esa sensación de estar dentro de un sitio blindado con alguien insuperable y en donde rara vez entran noticias del exterior.

Extraño también cómo era yo con ella. Es mi decisión recordarla, porque ella fue quien me inspiró a matizar mi comportamiento vulgar. Con ella conocí una mejor versión de mí mismo, o al menos, la abstracción de una mejor versión de mí mismo.

El amor, -a través de ella-, abrió un carril lateral en mi vida. Por un lado transitaban mis miedos, mis obligaciones, mis gastos, mis preocupaciones, mi trabajo, la relación con mi hijo, mi análisis, mis gustos, mis deseos, mi cotidianidad; y por el otro lado, en aquél carril alterno, transitaba mi conexión con ella, a veces en un flujo de máxima velocidad, a veces en cámara lenta.

No he encontrado a nadie que me entienda. Inmediatamente me analizan, me reprueban con la mirada y me señalan que aquél que fui mientras andaba con ella no era yo, que me desconocieron, que cambié mucho, que les daba güeva.

Quizá por eso la amé tanto: porque me sacó de mí mismo.

La única manera de extrañar a alguien sin causar lástima o flojera, es darle a ese extrañamiento el carácter utilitario de la creación artística. Convertir el goce doloroso en una canción, una pintura, una novela, un poema. Es decir, que la sacudida sentimental sirva de algo, no sólo para chingotear la mesa de un café cansando a los prójimos con discursos melancólicos.

A lo mejor por eso no quiero dejar de extrañarla, pues esa brasa aún encendida puede significar la pista de despegue que necesito para escribir algo a mayor escala. Pienso, por ejemplo, que si a mi experiencia le doy la forma de una novela conseguiré darle un sentido rentable a mi extrañamiento.

Creo que no sería la única persona que logra emerger de la mediocridad gracias a un amor que ya pasó.

ROLITA POR FAVOR.- La primera noche que dormimos juntos amanecimos con una mala noticia. Mientras nosotros nos acostumbrábamos a la respiración del otro, en Guatemala mataban a Facundo Cabral. Lo supe temprano y la tristeza se me empalmó con la alegría de verla a ella con la cara modorra. Entonces me metí a la regadera y comencé a cantar esta canción:


lunes, 18 de agosto de 2014

Nuestra canción cómplice

Con un poco de envidia yo veía que otros papás y mamás tenían canciones cómplices con sus hijos, es decir, canciones en que los gustos de dos generaciones se encuentran.

Pero Mateo y yo aún no hacíamos "clic" con ninguna canción o grupo en común. A veces le ponía mis cds (porque sigo usando cds) y ni una de las canciones lograban engancharlo. En otras palabras, le valía madre la música de su padre.

Este sábado aparecieron los Imagine Dragons en el radio del carro y Mateo paró las orejillas y empezó a tararear "Demons" con muchas ganas.

En ese momento me di cuenta que debía comprar el cd y eso fue lo que hicimos.

El resto del fin de semana no escuchamos otra cosa que no fuera nuestra canción cómplice.



viernes, 15 de agosto de 2014

Desde hace tiempo...

...Sospecho que la gente se ha puesto de acuerdo para no reírse de mis chistes... o que mis chistes se pusieron de acuerdo para no ser chistosos.

martes, 5 de agosto de 2014

En la alberca del hotel

Tu cara libre de maquillaje, tu pelo entregado a los caprichos del aire. Tu bikini color carne de rayas negras te daba el aspecto de una linda presidiaria de dientes perfectos, cejas pobladas, ojos almendrados.

No conocí tu risa pues jamás pude encenderla, pero disfruté cada una de las sonrisas que se desprendieron de tu boca como concediéndole indulto a mi primario sentido del humor. Compartimos una tarde en Los Ángeles, junto a la alberca del hotel, bajo un sol que tardó en irse y que antes de la noche transformó el cielo en una acuarela de mechones violetas.

Aquéllas horas no hubo silencios incómodos. Mi casa adoptiva fue ese camastro junto al tuyo.

Pediste una cerveza y yo un café. Mientras trabajabas en tu laptop yo leía o hacía como que leía. Mis lentes oscuros taparon las miradas que brincaron muchas veces de las páginas del libro a tus senos atrapados en el estraple. Cuánto me hubiera encantado liberar ese par de bultos que apuesto olían a jabón de hotel gran turismo. Quizá a coco.

El espejo del agua de la alberca vibraba como si desde adentro viniera en camino una ballena o una erección. Tecleabas sin descanso y sólo hacías pausas para beber de la botella. Estabas agobiada porque tenías que alcanzar el cierre de edición de tu periódico en Madrid. Tu apuro te hacía más guapa.

- ¿Has leído la Biblia?- te pregunté.
- Sí, pero no soy religiosa- dijiste sin despegar los ojos de la pantalla.
- ¿Te sabes los 10 Mandamientos?- insistí.
- Creo que sí- agregaste.
- Pues tengo que confesar que hoy he faltado al décimo Mandamiento porque he estado deseando a la mujer de mi prójimo durante toda la tarde.

Sonreíste largo rato, pero no diste entrada a nada.

A las nueve menos 20 pasarían por ti los amigos de tu esposo para llevarte a cenar. Sin prisa, extendimos nuestra compañía hasta que se cerró la última persiana de luz en el horizonte. El aire se había convertido en una brisa fría. Nos levantamos y nos dirigimos a nuestros cuartos. Un destino más travieso que nosotros nos había puesto en habitaciones vecinas, una puerta frente a la otra. Tú en la 211, yo en la 213. Nos dimos un beso de despedida con un abrazo a medias, nos deseamos suerte y cada quien giró hacia su habitación.

Pasé buena parte de la noche esperando a que tocaras a mi puerta para decirme que aquélla noche no te apetecía dormir sola, pero la única visita que recibí fue el sobre que uno de los botones atravesó por debajo de mi puerta y que incluía la cuenta total del hotel.

Jamás he vuelto a verte.

viernes, 11 de julio de 2014

Estampa cotidiana

Tengas uno, dos o tres pies izquierdos, te ves guapísimo con tus tachones verdes y tu pelo de Neymar. Esa piel tuya que siempre está como bronceada. Fui por ti a casa de uno de tus amiguitos y me enamoraste nomás saliendo. Más alto cada día, más flaco, más guapo, más hombrecito. Y de ahí nos pasamos a la librería en donde se mercadean las estampas del álbum del Mundial. Pura mamá loca y puro papá estresado metidos en el trueque de jugadores impresos, mientras los niños se lo toman tan en calma. Logramos hacernos de siete nuevas estampitas, y aunque nos faltan aún como 100 yo quisiera que el Mundial no terminara nunca para sostener esa emoción de ir completando algo juntos. Nos fuimos de ahí acalorados y hartos, para brincar hasta donde estaba tu prima recién desempacada. Antes de llegar repetiste la palabra "caca" varias veces sabiendo que frente a ella, -frente a las señoritas-, se te tiene vetada la palabra. "Caca, caca, caca, caca, caca..", dijiste durante varias cuadras. Te bajaste del carro emocionado, tanto que ni cerraste la puerta, y te fuiste directo a la prensa de abrazos que te dio aquélla. Algo impronunciable sentí en mi corazón al verte conviviendo con tu familia. En la mesa tus ocurrencias y tus facciones fueron iluminadas por la misma lámpara del comedor en donde hace años estudiaba yo los finales de la prepa. Cenamos, menseamos y nos fuimos a tu casa; llovía.

Me quedo con la mejor estampa del día: tú y yo despidiéndonos en la puerta de tu casa, tu cara hermosa y tus palabras como masajito a mi alma: "Gracias papá, te quiero mucho; te amo".

lunes, 16 de junio de 2014

La felicidad simple

Me entero de que viene tal grupo a un festival musical en Monterrey.
La noticia no me alcanza a impresionar y, a pesar de que esa banda me gusta mucho, pienso que es otro evento que fácilmente me puedo saltar sin reservas ni arrepentimientos.
He delegado gran parte de mi diversión a la diversión que comparto con mi hijo. Cuando veo que él se divierte y que juega y que suda y corre y se ríe; entonces yo me siento bien y puedo calificar a ese día como un buen día.

Mi momento favorito de la semana es el sábado en la noche cuando llegamos Mateo y yo a casa y, -hechos un asco, en nuestro jugo, cansados y felices-, nos vamos a la cama para inventar otro cuento.
Me encanta ese momento en el que el departamento huele a que Rosy, horas antes, recicló el polvo, maquilló los escusados y trapeó nuestras pisadas viejas. En ese instante a la noche se le abre un hueco en donde apenas cabe mi satisfacción de papá, en donde agradezco y detengo el tiempo, en donde la realidad me parece perfecta como está y a mi vida no le sobra ni le falta ningún adjetivo.

Y si le hago caso a mi pulso amoroso, pero no a la razón, dejo que Mateo se duerma en mi cama para abrazarlo cuando está hecho un ángel de ojitos cerrados con la boca entrando y saliendo un acompasado soplo de vida. Ahí no le temo a nada sólo a la muerte.
Ahí sí no quiero que me atrape la desmemoria. Ahí me quiero eternizar.
Ahí me retrato y me imprimo en el álbum de Dios que no es otra cosa que el amor.

miércoles, 4 de junio de 2014

Acción profética

Larga vida a tus labios.