miércoles, 17 de diciembre de 2014

Feliz cumpleaños

Tantos años de conocerte, sin saber quién eres.
Tanto años de saber quién eres, sin conocerte.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Guadalupe

Ahí estaba aquélla mujer a la entrada de la Basílica con un encendedor en la mano cobrando a cinco pesos la prendida. Le acerqué mi veladora y de inmediato la mecha ardió, como si fuera una combustión que tuviera urgencia de iluminar. Pagué por el fuego y me dirigí al montón de veladoras amontonadas en el suelo para acercar mi llamita y ser uno más entre los demás.

Le pedí a la Virgen por los míos, en primer lugar por Mateo, mis padres, mis amigos y los hijos de mis amigos. También pedí por mí y por mi corazón. Di gracias por el trabajo y la salud. Le ofrecí acciones impublicables.

Me gusta acercarme a Guadalupe porque me llena de energía, me conforta, me hace sentir amado tal como soy. No me acerco a Ella como el hijo que siempre se porta bien, al contrario, aprovecho que su amor de Madre me acepta con todo y los pedazos nejos de mi alma, mis defectos y mis instintos (a veces) descoyuntados.

Las cosas buenas también se pegan, no sólo aprendo mañas. Mi devoción por Guadalupe es herencia de mi relación con Karla; ella me acercó a la Virgen y me mostró su calor cuando más enfriado estaba mi ánimo. Gracias.

Anoche me eché la misa de gallo en donde le cantamos las Mañanitas, di la paz a manos sudorosas y rasposas, moví las rodillas con los tambores de los matachines, me eché mis churros, -uno relleno de cajeta y otro de lechera- y compré dos collares, uno de los Tigres para mí y otro de los Rayados para Mateo.

Bajé las calles de la Independencia entre charcos, merolicos, vapores, familias cargando hijos bostezantes, olores ácidos de elotes, caramelos y caños. Aunque me acosté a las tres de la mañana hoy tengo una energía que rebasa cualquier desvelo.

Ir hacia la madre en la tierra es apelar a ese derecho natural de querer sentirme abrazado, protegido, bienvenido; ir hacia Guadalupe es aprovechar el mismo derecho, éste de carácter espiritual, de sentirme acompañado, amparado, en una realidad a veces de risas y bienestar, a veces de terror y espanto.

ROLITA POR FAVOR.-


viernes, 14 de noviembre de 2014

Tórrido Romance

Conocí a Tórrido Romance en la fila de las copias de la biblioteca, la segunda semana del primer semestre en la universidad.

Era la niña rica de una ciudad chica. Si hubiéramos rascado en su álbum familiar la habríamos encontrado metida en un espantoso vestido de quinceañera color melón, pero a sus 20 años en la Gran Monterrey de los Noventas ella se sentía y se veía como patrocinada por Mango.

Tórrido Romance no tenía bonitas piernas y era de pompi larga, pero usaba unos shorts de pinzas tan cortos que para mí su cuerpo era el cuerpo que mejor subía aquéllas escaleras casi siempre frías de la UdeM.

A Tórrido Romance no le gustaba mi pelo largo ni mi volkswagen, pero aún con esos goles en contra me abrió la oportunidad de pretenderla.

Fuimos novios sólo una semana en la cual no nos vimos porque se nos atravesó Navidad y ella se fue a visitar a sus papás. La tarde en que regresó nos fuimos a ver la película de Madonna en donde le hace felación a una botella y dos bailarines se besan en la boca. Saliendo del cine, Tórrido Romance y yo nos jubilamos de novios para inscribimos en un cariño sin etiquetas ni compromisos. El sentido de impertenencia que nos dio el estatus de "amigos con derechos" hizo que nos quisiéramos ver más.

Una vez mi mamá me prestó su tsuru, pero Tórrido Romance tampoco quiso subirse en "eso". Algo tenía esta mujer contra los autos compactos, una especie de vergüencilla.

En una ocasión su hermana llegó a casa treinta minutos antes de la hora marcada. Nosotros estábamos en el cuarto jugando golfito de edredón. Pude haber sido el personaje de los chistes: el clásico amante que se esconde abajo de la cama, pero para cambiarle me metí al baño-vestidor. Yo le tenía mucho miedo a la hermana de Tórrido Romance porque era muy chismosa y seguramente nos delataría ante su papá, a quien le tenía aún más miedo porque era ganadero y a los ganaderos hay que tenerles aún más miedo.

Quizá fueron los nervios pero estando encerrado en el baño me dieron ganas de evacuar mientras afuera Tórrido Romance discutía con su hermana y negaba toda presencia mía a la redonda. Ahí estaba la tasa del baño, ahí estaba yo, ahí estaban mis ganas: todo se acomodó.

Resolví que lo mejor era sentarme y rendirme ante mi necesidad fisiológica del number two, eso sí, muy pendiente de que mi cuerpo no dejara escapar un ruido no digamos un olor con el que la quejosa advirtiera mi presencia. No me tardé mucho en terminar, cosa rara en mí que tengo la habilidad de repasar todas las secciones del periódico en una sola exposición.

Obviamente no le bajé al escusado para no hacer escándalo.

Pocos minutos después me di cuenta que la discusión entre las hermanas iba para largo y entonces comencé a planear la fuga midiendo la pequeña ventana que tenía el baño hacia el exterior. En aquéllos años mi cuerpo tenía la flexibilidad de un tallarín por lo que no se me hizo la gran cosa atravesar aquél hueco que me separaba entre un baño apestoso y mi libertad.

Escapé como ladrón, como vampiro o como amante bandido. Llegué a mi volkswagen con la misma urgencia con la que de niño llegaba a la "bais" jugando al voto.

Después de aquélla noche, Tórrido Romance faltó a clases una semana entera. En una época sin celulares ni mail ni facebook una semana era una pequeña eternidad poblada de angustias y especulaciones.

Tórrido Romance llegó un lunes en la mañana con lentes oscuros a decirme que lo nuestro, es decir, cualquier cosa que fuera "lo nuestro" se tenía que terminar porque toda su familia estaba en contra de lo "nuestro", repito, cualquier cosa que aquéllo significara.

Yo fingí sentirme triste porque en el fondo lo que sentía era un gran alivio al saber que su padre no iba a desaparecerme en alguna cajuela. Le dije a Tórrido Romance que lo sentía mucho y que no teníamos porqué dejar de ser amigos. Lo típico, pues.

No volvimos a vernos ni a hablarnos ni a buscarnos.

ROLITA, POR FAVOR.- Hoy hace tres años me pidieron colaborar para poner unas luces navideñas en unas escaleras. Juro que fui con toda la intención de ayudar, pero en vez de poner las luces en las escaleras las pusimos en la cama, esa misma cama que fue durante año y medio la arena en donde construimos cualquier cantidad de castillos y cuentos e historias.

viernes, 24 de octubre de 2014

Memoria emocional

Falta un mes y 24 horas para que Mateo cumpla ocho años.

Quién sabe si cuando él sea adulto se acuerde de sus primeros años de vida y de nuestra relación durante estos años.

Yo no me acuerdo cómo eran mis padres conmigo cuando tenía ocho años; a lo mucho conservo tres o cuatro alusiones borrosas de mi vida con ellos en los años setenta viviendo en el departamento de la calle Mississippi.

Si jugaron conmigo, me cargaron, me pusieron atención, me ignoraron o me nalguearon, simplemente no me acuerdo.

Supongo que hay una memoria emocional que se apega a nuestra alma más allá de la memoria de los los recuerdos.

Es decir, a lo mejor no tengo recuerdos de esos años, pero sí estoy definido emocionalmente por eventos que sucedieron durante ese tiempo aunque no me acuerde de ni madres.

Confío en que Mateo guarde en su memoria emocional los ratos en los que hemos crecido y aprendido juntos y que los traduzca (aún sin darse cuenta) en combustible (ganas) para vivir una vida útil y feliz cuando sea adulto.

Para todo lo demás existen las memorias pixeleadas de las fotos e Instagram.

ROLITA POR FAVOR.- Cierto día que estaba muy triste porque sus amiguitos del parque lo desafanaron por fallar un gol, expliqué a Mateo que todos tenemos en nuestro interior una flama y que es responsabilidad nuestra que ese fuego no se apague por mucho que el exterior nos eche aire. Ni tus amigos, ni tus papás, ni la tristeza, ni el miedo, ni un gol fallado deben apagar tu velita. Los niños que hacen bullying son expertos sopladores y desean con todas sus ganas extinguir tu pedazo de lumbre, pero tú siempre tienes el control de protegerla. Si eres capaz de conservar tu calor interior, entonces eres capaz de estar contigo y en ti mismo, que se traduce en bienestar y que no es otra cosa más que estar en/con Dios. Dios es bien-estar.


viernes, 17 de octubre de 2014

El miedo en paz

Hoy amanecí fosilizado a la cama, como pegado, y totalmente negado a romper con esa simbiosis añeja que existe entre la flojera y yo. Ella vive en mí y yo en ella. Mi incondicional compañera, la güeva.

Afortunadamente seguimos estando en octubre, mes en el que me es más fácil levantarme porque me gusta el aire eléctrico que limpia el cielo y que delata la belleza de las montañas. En octubre acepto mejor esta ciudad de cerros en el horizonte y hoyos en el pavimento.

Aborté de la cama; tranquilo y triste. La tristeza de dejar el lecho, no la tristeza existencial pues esa la traigo todos los días. Ya saben ustedes que estoy condenado a la casi-depresión diaria. Y sin embargo funciono y como y hago ejercicio y amo y río y leo y me divierto y me aburro y trabajo y disfruto; pero ahí está siempre el quebradizo Bamby metido en los 41 años de este cuerpo y en la experiencia de este hombre.

Por extraño que parezca hoy más que antes mi miedo y mi tranquilidad están alineados en santa paz. Soy un hombre tranquilo con mucho miedo. Este temor generalmente viene de dos corrientes, la real y la imaginaria. En los temores reales conviven desde la fuga de agua del baño, perder el empleo y hasta el terror que me da transitar por una tierra de narcos, gobernadores reales de este asunto llamado México. Por otra parte, mis miedos imaginarios son coloridos y mutantes; casi siempre se relacionan a remordimientos ociosos: ¿Y si no estoy siendo buen papá? ¿y si no estoy trabajando bien? ¿y si no estoy haciendo "nada" con mi vida? ¿y si aquélla mujer era el amor de mi vida y la dejé ir? ¿y si estoy enfermo y no me he dado cuenta?

¿Y si y si y si?
Easy, my friend.

Pero sí, mi miedo y mi tranquilidad están en línea, es como si hubiera dado a luz a unos gemelitos idénticos con personalidades diferentes. Los dos están aquí, miden lo mismo, pero intercambian mi atención, pues a veces me ocupo de uno y a veces del otro. Aunque no son pocas las veces que los traigo cargando a ambos. Soy un hombre tranquilo que tiene miedo. O soy el miedoso que está tranquilo.

Si bien el miedo se me da gratis desde niño, la tranquilidad me ha sido costosa. Ésta tiene que ver con procurar conservar una conciencia en paz. Lo primero que hice fue tapar la botella, que fue lo más fácil. Lo complicado es el esfuerzo diario por ser honesto conmigo mismo en todos mis asuntos. La dolorosa pero gratificante congruencia que me tiene cada día más cerca de la integridad.

Y así, miedoso pero manso, comunico que hace siete años abrí este blog, justo en octubre. Tantas cosas han pasado desde entonces. Y muchas más he dejado que (me) pasen. No quiero que este séptimo aniversario sea excusa para hacer recuentos de daños/bendiciones ni para desbordarme en agradecimientos. Soy consciente de que este espacio tuvo mejores años, pero así raquítico como hoy está aún sirve para ponernos en contacto ustedes y yo. Y esa alianza, esa forma de intimidad entre nosotros, ese gusto, no ha cambiado desde entonces, por escasos que sean los párrafos.

ROLITA POR FAVOR.- Hablando de octubres, el del 2011 fue muy especial para mí. Le guardo mucho cariño a la grisería de aquél tiempo, que por cierto tuvo muy buenas canciones. He aquí no la mejor, pero sí la que más me animaba en aquélla penumbra voluntaria en la que fui inquilino.


jueves, 16 de octubre de 2014

viernes, 19 de septiembre de 2014

Lo extraño de extrañar

Le dices a la gente que extrañas a alguien y te mira raro, como si extrañar fuera un gesto de fragilidad o de carácter liviano, como si les diera lástima ver a un hombre atascado en las ruinas de un recuerdo. La gente no entiende que puedo extrañarla y sentirme bien, que una cosa no estorba a la otra.

Por eso prefiero extrañarla en silencio, de la garganta para adentro. Porque además la extraño en diferentes planos, y esos planos cambian de urgencia, de prioridad, a veces uno le lleva delantera al otro, pero siempre tienen que ver con ella.

Extraño a la mujer, a lo que ella es y representa sin mí. Su unidad en la Tierra. Este renglón incluye desde su voz hasta su manera de sacar dinero del cajero, su receta de fideos o el olor de su crema.

Luego extraño mi tiempo con ella, la época juntos, los dos otoños y los dos veranos, la música que escuchamos, el parque que nos apadrinó, los sabores de su nevería que luego fue nuestra nevería; esa sensación de estar dentro de un sitio blindado con alguien insuperable y en donde rara vez entran noticias del exterior.

Extraño también cómo era yo con ella. Es mi decisión recordarla, porque ella fue quien me inspiró a matizar mi comportamiento vulgar. Con ella conocí una mejor versión de mí mismo, o al menos, la abstracción de una mejor versión de mí mismo.

El amor, -a través de ella-, abrió un carril lateral en mi vida. Por un lado transitaban mis miedos, mis obligaciones, mis gastos, mis preocupaciones, mi trabajo, la relación con mi hijo, mi análisis, mis gustos, mis deseos, mi cotidianidad; y por el otro lado, en aquél carril alterno, transitaba mi conexión con ella, a veces en un flujo de máxima velocidad, a veces en cámara lenta.

No he encontrado a nadie que me entienda. Inmediatamente me analizan, me reprueban con la mirada y me señalan que aquél que fui mientras andaba con ella no era yo, que me desconocieron, que cambié mucho, que les daba güeva.

Quizá por eso la amé tanto: porque me sacó de mí mismo.

La única manera de extrañar a alguien sin causar lástima o flojera, es darle a ese extrañamiento el carácter utilitario de la creación artística. Convertir el goce doloroso en una canción, una pintura, una novela, un poema. Es decir, que la sacudida sentimental sirva de algo, no sólo para chingotear la mesa de un café cansando a los prójimos con discursos melancólicos.

A lo mejor por eso no quiero dejar de extrañarla, pues esa brasa aún encendida puede significar la pista de despegue que necesito para escribir algo a mayor escala. Pienso, por ejemplo, que si a mi experiencia le doy la forma de una novela conseguiré darle un sentido rentable a mi extrañamiento.

Creo que no sería la única persona que logra emerger de la mediocridad gracias a un amor que ya pasó.

ROLITA POR FAVOR.- La primera noche que dormimos juntos amanecimos con una mala noticia. Mientras nosotros nos acostumbrábamos a la respiración del otro, en Guatemala mataban a Facundo Cabral. Lo supe temprano y la tristeza se me empalmó con la alegría de verla a ella con la cara modorra. Entonces me metí a la regadera y comencé a cantar esta canción: