miércoles, 23 de abril de 2008

Uno de esos traumas

Y a ti qué, ¿te comieron la lengua los ratones?, me preguntó la maestra de manualidades porque tenía yo toda la clase callado. La verdad es que andaba serio, más bien culeado, porque Gerardo "El Buda" me había dicho que al final del día nos iban a dar clase de defensa personal con combate de Tae Kwon Do. A mí me aterraba la idea de pelearme porque todos los otros niños que estaba en ese Campamento de Verano estaban más grandes o más gordos que yo.

Aunque no supe qué responderle a la chava que nos estaba enseñando a pintar acuarela, sí recuerdo que me quedé pensando un largo rato cómo se sentiría que los ratones terminaran con tu lengua a mordidas: ¿Sería como cuando comes un sabalito de chile y tienes una herida en la boca y te arde?, ¿cuántos ratones se necesitan para comerse una lengua entera?, ¿mientras te la devoran puedes ver sus colas, sus patas?, ¿a qué huele un ratón tan cerca?... Éstas y otras cosas pensaba yo mientras metía el pincel en el agua y luego en el pequeño contendor de pintura.

Terminando la clase me di cuenta que mi cuadro estaba repinche, era un sol amarillo que ocupaba casi toda la hoja y tenía rayos anaranjados y rojos (se parecía un poco al logotipo del PRD, ¡madres!). Luego nos sirvieron el "refrigerio", que era y es una palabra que me da mucho problema decir porque se me hace muy maricona y al mismo tiempo me suena a refrigerador. El refrigerio consistía en un lonche medio seco, una manzana y agua de frutas.

De ahí nos dieron una clase de nudos, (¡sí de nudos!), en la cual nos enseñaron a hacer nudos como los boyscouts y a amarrar cuerdas, ¿para qué?, pues quién sabe, pero pregúntenme si ya de adulto puedo desatar las cintas de mis zapatos, ni madre.

Después de esa cátedra "nudista" tan interesante seguía la clase de "defensa personal". Para ello nos llevaron al jardín de la casa en donde habían puesto varios colchones de hule espuma y nos sentaron a todos los niños formando una media luna. Yo sentía que el cuello se me comenzaba a endurecer de los nervios y como si fuera uno de los perros de Pavlov comencé a generar mucha saliva. Imaginaba a cualquier otro niño rompiéndome el hocico muy fácilmente ante la risa de los demás.

Dentro de mi mente de ocho o nueve años una gran idea comenzó a gestarse: la huida. Así que levanté la mano, pedí permiso para ir al baño y me levanté tocándome el estómago como si me doliera. Entré al baño, cerré la puerta, me paré encima del escusado como de "aguilita" con las rodillas en la barbilla y con las pocas nalgas en el aire para que no me vieran los pies por abajo de la puerta y ahí me quedé esperando durante mucho tiempo. Afortunadamente nadie entró al baño. Hacía mucho calor y las piernas me dolían por la posición, pero ahí me estuve en silencio hasta que escuché el timbre sonar.

Salí de mi autoexilio y muy sordamente me reintegré a mi grupo que ya estaba en otra área de la casa para recibir otra clase interesantísima. Nadie traía moretones o sangre en la cara y no había signos de que alguien hubiera llorado por salir lastimado al pelear Tae Kwon Do, al contrario, todos se veían sudados, pero muy contentos.

-¿Dónde estabas?-, me preguntó El Buda.
-En el baño, me sentí mal, ¿cómo estuvo la clase de defensa personal?, quise saber.
Nombre, no nos enseñaron nada!, puros ejercicios y al final le hicimos bolita al profesor-, me contestó.

Chingado, pensé, por andar de culo escondido en el baño me perdí la actividad más divertida del día, ¡la bolita!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A mi me dolia la panza tambien cada vez que me tocaba ir a mis clasesitas de ballet cuando era chiquita... no tanto por las clases pero por el chongo que me hacia mi mama!! jajaja
todavia me acuerdo y me duele auch!

que risa que despues de estar todo el dia en el campamento te perdiste de lo mejor :-(
asi pasa...
Saludos,
L

Ale dijo...

Lo que más me impactó de todo el post fue el valor que tiene para ti la palabra "refrigerio" pues a mi, por el contrario, me resulta elegante y con clase y la uso cada vez que puedo siempre imprimiéndole un aire de glamour, pues asocio inmediatamente una cesta de pic-nic un mantel rojo de cuadritos, huevos duros, chapatas y vino. Voilá: refrigerio. Jaja! Es curioso cómo una misma palabra puede causar tan diferentes impresiones en otras personas.

Por cierto, ha sido una muy grata sorpresa encontrarme con tu blog.
Saludos!