lunes, 15 de diciembre de 2008

El tío Flavio

En aquél tiempo todos vivíamos en casa de nuestros papás pero hablábamos de la libertad como si la conociéramos.
Teníamos 19 años, edad en la que se copulaba poco y se copulaba mal, por ello, nuestros testículos estaban bien horneados y listos para disparar a todo lo que caminara en bikini. Sea cual fuere su relleno y estuviera como estuviese.

Aquél grupo de amigos que el verano de 1992 llegó a la costa de Puerto Aransas tenía un patriarca, un líder: El Tío Flavio, tío de sangre para algunos de los allí presentes y tío de orines para el resto.

Todas las tardes montábamos en la playa un campamento que incluía sin falta una lona amarrada a cuatro postes para hacer sombra, varias sillas plegadizas, una grabadora estridente y mal ecualizada, dos o tres hieleras copeteadas de cerveza, una bolsa de lonches mostazudos, fritura diversa y el perfecto señuelo para cazar gringas: una red de volibol.

Bebíamos con el sol asándonos la mollera, pero mucho antes de que pardeara ya había quórum femenil para los partidos de voli. La carnada funcionaba a la perfección pues a las gringas les fascina el volibol, caerse en la playa a empanizar su epidermis, sudar el lente oscuro, gemir en cada golpe a la pelota, aullar en cada punto conseguido, y por último, separarse con dos dedos el trozo de calzón que se les queda mordiendo pompi por tanta zancada.
¿Cómo le dices que no a esa tremenda amenaza visual contra el celibato?.

Una tarde aquello se puso buenísimo. Un grupo de pequeñuelas llegaron hasta nuestro campamento a socializar. La postal era perfecta, imagínenla: por un lado, nosotros, los mexicanos ahijados del Tío Flavio llenos de ganas, y por el otro lado, ellas, las ahijadas del Tío Sam llenas de caderas.

No había de otra, nos pusimos a practicar el Interlingua abriendo con el ya clásico retórico de Du yu java pet? y de allí para adelante; luego ofrecimos cervezas y lonches mostazudos y también jugamos volibol como si fuéramos talentos olímpicos no descubiertos. Por allá uno que otro bailaba canciones de Magneto o similares, que el "Vuela, Vuela" y la chingada. Era como una pequeña Tierra Prometida escondida en el sur de Texas.

Pero luego, en algún momento del carnaval improvisado, sucedió lo que tenía que suceder: El Tío Flavio puso cara como de jugador de billar profesional midiendo las posibles carambolas en la mesa, después abrió leve sus piernitas llenas de canas y allí sentado, a unos doscientos metros de la orilla del mar, se orinó. No necesitabas poner mucha atención para ver cómo el chorro se abría camino por entre su traje de baño seco, el líquido amarelo le cascadeaba por las pantorrillas y le goteaba desde las "mangas" del short hasta que finalmente descansaba en forma de charco sobre la arena.

El tío se meaba y los demás reíamos, pero no tan fuerte como para restarle sobriedad al evento. Además no queríamos que las gringas y su mamá (¡iban con la mamá!) se dieran cuenta del ritual que bautizamos como "La Flaveada". Y es que una cosa es mearse en el mar, que hasta se siente sabroso y es perfectamente bien visto por turistas y habitantes de todas las playas del mundo, pero otra es relajar el esfínter en medio de una fiesta playera con la esperanza de que nadie se dé cuenta.

Lo más interesantes es que orinado y todo, el Tío Flavio no dejaba de ser un caballero con la visita, les habría las cervezas y con sus manos les servía frituras untadas de beandip, al fin y al cabo que las traía limpias, pues no se había tocado los genitales para escurrir la uretra en medio de todos.

Antes de evaporarse, el rastro de la meada del Tío Flavio se quedaba entre nosotros unos minutos. Rápido se hizo una costumbre evadir el campo minado, muy pronto no nos importó respirar los vapores de la medalla milagrosa de nuestro patriarca, y aún más, su acto fisiológico hecho al aire libre comenzó a ser visto como un gesto de libertad. Por eso, sólo había una manera de manifestar nuestro respeto: Sí, comenzamos a imitar el comportamiento.

Después de todo, qué flojera nos daba ir hasta el mar para apaciguar la vejiga, y qué gay hubiera sido orinar en las letrinas de madera que por ahí estaban montadas por el higiénico gobierno gringo, entonces, ¿para qué batallar si podíamos aventarnos una "Flaveada" o un "Flavio" como también se le llama a esta diligencia?.

Todo fue una revelación, gracias a esta práctica debimos aceptar que mearse encima es un placer que nos arrancan desde que nos quitan el pañal. Sentir el chorro calientito que entibia la tibia y el peroné es una bendición que debe limitarse a la intimidad de la regadera, pero que puede hacerse ante el parcial anonimato que te ofrece una playa. El chiste es dejarse escurrir en seco para luego enjuagarse con las olas del mar; es muy importante quitarse los restos pegostiosos para evitar rosaduras.

Más de 10 años después volvimos a visitar el mismo sitio aunque no iba incluido el Tío Flavio en el elenco de este segundo viaje. Sin embargo, los sobrevivientes le hacíamos los honores parodiando la actividad que de él aprendimos.

Una tarde tecatera, "Marito", "Pachanga" y yo caminábamos por la playa cuando nos encontramos frente a 20 universitarios que cocinaban una barbecue con vista al mar. Como perros de pradera que marcan su territorio, nos paramos frente a ellos y formamos un triángulo equilátero hombro a hombro, pero a una distancia prudente como para que los tres nos aventáramos una "Flaveada" sin salpicar al de a lado. Durante el escurrimiento lloramos de la risa y se sabe que la carcajada debilita los músculos de las mano, lo cual provoca que sea complicado sostener una lata de cerveza. Terminamos el numerito y en la arena quedaron grabados nuestros meados, nuestra lágrimas y nuestras babas.

El Tío Flavio era y es un hombre libre. Qué gusto haberlo conocido en el tiempo que vivíamos con nuestros papás y que hablábamos de la libertad como si la conociéramos.

11 comentarios:

Tabita dijo...

Que texto más redondo y perfecto y nada... me encantó, wow, tu arrancas carcajadas de los lectores y yo arranco madreadas. Que buen post, en serio. Besos navideños.

Anónimo dijo...

me dieron ganas de hacer pipi =)

MLD dijo...

FLACO DICHO CON TODA SINCERIDAD QUE BUEN NIVEL LITERARIO MANEJAS EN ESTE POST......CHINGON!!!
Y SOLO ME QUEDA AGRADECERLE AL TIO FLAVIO QUE NOS HAYA ENSENADO SU ARTE Y QUE HAYA VENDECIDO MIS SHORTS "ROJO A DOS TONOS"......

Silvi Rivoira dijo...

Aqui me ves.
Una piyada en el mar por efecto de la sal a veces produce paspadas.
La libertad tiene su costos.....pero vale la pena ser vivida.¿No?
Gracias por tus comentarios en mi blog.

Silvi

Antonio dijo...

Leyendo el post casi me meo. Estamos lejos pero cerca.

Saludos.

A.

Angélica Meza dijo...

jajaja
Me encanto el tono de todo tu blog, nunca me imagineque mi esposo pudiera presumir la letra de mi copa,es raro, quizás cuando te conoces con ella del brazo la miren y pregunten si es porque esta amamantando
jajaja
Besos
jojoj
Feliz nacidad

Lau dijo...

jeje me recordaste la canción de " mi aguita amarilla "

NTQVCA dijo...

Te sale re bien contarnos para que imaginemos "las flaveadas", pero ¿que onda con el olor?

Lupita V dijo...

saludos al tío Flavio!!

Ontobelli کτγℓع dijo...

La narración es buena y me recordó The Wonder Years. Pero por más que trato de imaginarme practicando las flavmiadas no me hago a la idea. xD

Saludos.

David dijo...

A ver si me animo a hacer una flaveada, voy a la playa en dos semanas más!!!