"No crezca mi niño,
No crezca jamás,
Los grandes al mundo,
Le hacen mucho mal".
Facundo Cabral
Tengo minutos, diez quizá, viendo tu cara entre la luz azul que nos llega desde la ventana y la sombra que gobierna el cuarto. Intento hallar qué parte de tu belleza es mi culpa, y cuál es responsabilidad de tu mamá. Inmediatamente me doy cuenta que no eres ni ella ni yo. Descubro chocantes a los niños que se parecen mucho a sus papás, y que para colmo se llaman como uno de sus progenitores. Tú no te pareces a mí, pero también tienes colmillos de sable. Tenías que nacer hocicón. Sonríes y parece que te has brincado la etapa de los dientes de leche; los incisivos son enormes y cuadrados, macizos. Será por eso que te encanta jodernos las rodillas a mordidas. Aún no sabes pronunciar mi nombre y ya me agarras a mordidas. Eres un caníbal mini toy.
Hoy te senté en mi regazo para mostrarte por enésima vez el video del león que tanto te gusta; nada más oyes que la computadora enciende y pides al "ion, ion" (león, león). Mi placer es observarte cuando tú no me ves. Por eso, cuando te tenía en mis piernas y mientras tú te enternecías con el felino famoso, yo veía tu perfil, tu mazorca precoz, tu encía rosada, tus rizos, tus orejotas; tienes un perfil que no merezco.
Después tuve la afortunada idea de poner mi palma izquierda encima de tu corazón: una bombita de circuito exacto latía fuerte. No es una pendejada decir que a veces a los papás novatos se nos olvida que nuestros hijos están vivos. No es una pendejada, insisto, por eso hay que arrimar las manos a su pecho y disfrutar del pulsito. Me acuerdo la primera vez que lo escuché, pero creo que jamás lo había palpado.
Sigo viéndote dormido, en mute. Despierto tienes energías todo-terreno, pero con los ojos cerrados y la boca hecha moño engañas hasta a Dios. Yo te veo y advierto que seguiré viéndote hasta que te asomes a esa puerta para decirme que ya te vas a tu primer viaje solo con amigos, o a presentar tu examen profesional, o a sacar a algún amigo del bote, o a tu boda; te veré hasta cuando tú no quieras que te vea, intentando siempre hacerlo sin acoso. Mi ejercicio contemplativo durará mientras vivas conmigo y después cuando hagas tu vida. Te veré aunque no te guste.
Dormido dejas callados a los tres tenores (ahora dos), animas al Dow Jones y haces bonita a Lila Downs. Algo debieron hacer muy bien mis bisabuelos, o mis abuelos, o mis padres, para que a mí me viniera tocando el billete premiado. Desde que naciste hay una sopa en mi mosca, hay una paja en un montículo de agujas; desde que naciste camino entre cáscaras de plátano. Ahora cargo tres y cien desveladas severas, pocas ellas por placer, y sé que mañana no será más sereno y que mis minutos serán otra vez tuyos. No me importa, ya dediqué bastante tiempo a mí y logré ser nadie, o sea sí, pero no.
Mañana habrá luchitas, espero que amanezcas descansado para que me des batalla, méndigo rudo mordelón. Apuesto mi máscara, -ésa que me pongo de lunes a viernes-, contra tu cabellera, -ésa que siempre encuentra acomodo y armonía entre tu cuello y tu frente, no importa que llueva, truene o relampaguee-. Mañana, otra vez, en esta casa convertirás en un desmadre el desorden, sólo es necesario que despiertes y listo.
Hijito, te digo lo que le canta la Dúrcal al Juanga: me gustas mucho.

