martes, 27 de julio de 2010

Ciudad Susanita

Antier, por primera vez en su vida, Mateo dijo chocolate en vez de "cocholate". Poco a poco, mi hijo comienza a darle buen tránsito a las consonantes y se adapta a la aburrición de lo correcto.

Después de decir chocolate con todas sus letras en orden, Mateo comía papas a la francesa frente a una televisión en donde una ballena era descarnada. El bisturí gigante hacía que las tripas del animal se desfondaran entre chorros de agua salada, pedazos de estómago y grasa, mientras los hijos de los pescadores brincaban en el lomo del cetáceo muerto.

-¿Qué le está pasando a esa ballena?-, preguntó Mateo con la carita hecha un angustiado signo de interrogación.

Como no queríamos que la pixa se enfriara abundando en conceptos trilladísimos de tanatología animal, le pedimos a la encargada del restorán le cambiara de canal. La brutalidad del National Geographic fue reemplazada por un cerrado juego de tenis (6/4, 4/6, 6/6). Terminamos de comer y no pasó nada. Mateo dejó de preguntar.

Ahora los invito a visitar una tira de Mafalda en donde aparece Susanita leyendo en el periódico puras malas noticias: pobres, hambruna, guerras, matanzas, derrames petroleros y toda esa mierda made in human being. Al final de la tira, la agobiada niña que soñaba con casarse para tener muchos hijitos, cierra el periódico y exclama aliviada: "Por suerte el mundo queda tan, pero tan lejos".

Durante muchos años Monterrey fue Ciudad Susanita, estaba como blindada, ciega, distante de ese mundo "lejano" de nota roja generalizada, ajena al fantasma de la violencia que hoy se aparece en todas las casas. Sus habitantes vivíamos más preocupados en clonar modas gringas que en sacar la vuelta a retenes de armas largas.

Teníamos, claro, nuestras vergüenzas de rancho grande: poco arte, pocos conciertos, oferta gastronómica exclusiva de asador, poco criterio (Di NO a la película La Tarea), etc, pero en Monterrey se caminaba de madrugada y se cortejaba en las calles más jediondas sin pensar en el peligro. En otras palabras, el regiomontano de antes podía morir de aburrimiento, pero rara vez de un balazo.

Con excepción del borracho que le guarda un fierro a su compañero de peda, el monstruo pederasta que viola a su hijastra, el calor ojete, sequías, juniors mamones o devaluaciones, los habitantes de esta tierra amontañada no sufríamos mayores sustos. El mundo quedaba tan lejos para nosotros.

Con los años, la tragedia a distancia que Ciudad Susanita leía sólo en los periódicos se metió a la vida de todos los regiomontanos. Invadió el narco, la corrupción nuestra y ajena, el nulo ejercicio de la ley, pero sobre todo nos fue ganando la impotencia, la güeva, el desinterés, el miedo, la apatía, el no saber por dónde empezar y el mejor me largo de aquí porque quedarse es como quedarse a recoger los platos rotos, la sangre y las mesas quebradas después de asistir a una batalla campal.

Dos amigos en dos reuniones recientes me han dicho que ven muy cercana la idea de mudarse y yo no tengo otra reacción que darles la razón. Algún día tendremos que explicar a nuestros hijos los motivos que tiene el hombre para cazar ballenas y descuartizarlas para obtener beneficios comerciales, vamos a tener que hablarles del triste, ¿necesario?, uso y abuso que les damos a los animales, pero peor me parece que un día tengamos que explicarles lo que significa un toque de queda, un secuestro, un cártel, un cuerno de chivo, una granada, una masacre, un moche.

Hay dos escapes. Uno es largarse de aquí, empezar la vida en cero, sacar a patadas la nostalgia, -si la hubiera todavía-, que te produce abandonar el lugar en donde naciste o te enamoraste. El otro escape es internarse en la inocencia de los que dicen "cocholate", pero ese escape dura mientras los hijos crecen, y -lo más importante-, las delicias de la vida no deberían ser un escape que usamos para soportar vivir entre los escombros sangrientos.

Ciudad Susanita está espantada porque el "mundo" se le vino encima. Tan ocupada antes por las apariencias de la siempre fotogénica burguesía, ahora no sabe cómo hacer para vivir entre los marginados que prefieren el dinero ilegal por rápido, entre la injusticia, entre la mota no como esparcimiento sino como negocio mortal, entre los congales, las redadas, las narcofosas, los levantones, las extorsiones, los casinos con club sanduich incluido, el miedo que no anda en burro sino en una Lobo.

O quizá vivimos en una Ciudad Ballena. Nos han pescado. Intereses económicos nos destripan, nos extirpan las entrañas, nos quitan la esencia, la vida, mientras los narcos, los políticos ratas, los expertos en moche, las tormentas tropicales y los ciudadanos gandules nos brincan en el lomo inerte.

Lo pinche-pinche de esto es que ya no le podemos cambiar a la tele y seguir comiendo pixa. El programa policiaco nos incluye en su casting y nosotros no tenemos acceso ni decisión en el guión. Un día nos va a tocar, estamos seguros. El regiomontano actual depende solamente de su suerte. Sea buena o sea mala.

6 comentarios:

Diana dijo...

Desde que descubrí que tenías blog independiente y que ya no escribías más en Recolectivo no me pierdo ningun post tuyo, jamás te había comentado, siempre lo dejaba para después hasta que ya se pasaba el tiempo y creo que ya no era conveniente hacerlo.

Pero esta vez lo amerita y no lo quise dejar para después.

Aplausos.

Nancy dijo...

Excelente fotografía del sentir de muchos que vivimos aquí y que al igual que tus amigos ya pensamos en huir, el miedo se siente cada vez más y los hechos violentos cada vez mas cerca.

Por otra parte, me encanta la manera que tienes de contar las cosas.

Saludos!

BRENDA dijo...

Me gusta tanto tu reflexión.
Qué decir... los que tenemos hijos pequeños pensamos en el futuro que heredan y tratamos que un buen presente cubra esa serie de incertidumbres que quieren invadir nuestra vida.
Saludos

David Lepe dijo...

te entiendo. En Guatemala es parecido.

Anónimo dijo...

Marion... unearthly, me encanta!

Kózmica dijo...

Todo eso que cuentas del narco recuerdo escuchábamos que pasaba en otro país, parecía tan lejano y jamás me imaginé que lo viviríamos ya que cómo tú, también tuve una niñez y adolescencia tranquila de salir a jugar a las 6 y meternos hasta tarde sin vigilancia de los padres.

Mi sobrino todos los días sale a las 7 para ver pasar a los soldados y decirles adiós, es el escenario común también acá. No lo dejamos solo, salimos todos a que haga lo propio y se mete enseguida.
Me dá tristeza imaginar las tardes que les espera cuando crezcan y no puedan hacerse la "pinta" de la escuela, ni juntarse en las esquinas a contar chistes o ver chicas. Vaya mundo que les dejamos

Me despido de usted amigo Ñets, ya mañana es mi último día de chamba para irme a descansar (que en verdad lo pido a gritos) y a tener a esta nena que sé me dará más trabajo que nada pero que ya la deseo ver a mi lado. No creo aparecer por estos lares en un mes o dos. Cuídese mucho y ya tendré tiempo para ponerme al corriente con sus peripecias.

Saludos con cariño para la familia.