Es un globo azul metálico, tiene la forma de estrella y cuesta 30 pesos en el HEB. No se puede estar quieto adentro del carro, peligrosamente te tapa el espejo retrovisor y a cada rato está alerta para cazar una ventana abierta que le garantice el escape. Tiene un cordón, un hilo, una cola; si lo sueltas parece un espermatozoide con la cabeza de nuget del Carls Jr.
Su tope es el techo, la atmósfera o el Polo Norte. El globo es especial porque lleva amarrada la cartita que Mateo me dictó a mí con destinatario a Santa Clós. Mi hijo es de bajísimo mantenimiento, afortunadamente pide poco y lo poco que desea lo disfruta mucho. El año pasado los requerimientos navideños del expedacito de caos se concretaron a un mono de peluche del Pato Donald, que no fue más caro que las peticiones de este año: Dos bakuganes y un libro de animales salvajes.
"...Y un libro de animales salvajes", esa solicitud me rebota dulcemente en la memoria a cada rato.
Pero bueno, en realidad la cartita no es una cartita sino un post-it amarillo pintarrajeado porque el globo resultó estar inflado con un helio bastante joto que no despegaba el vuelo con papeles más grandes. Lo soltamos en la carretera y Mateo le siguió la vista hasta que el mini dirigible parecía un lunar en la espalda lisa del cielo. Le propuse que lo buscara entre las nubes desde la ventana del avión y me respondió con un "sí" que sonó a promesa. Ahora mismo los restos de ese globo han de estar marchitos en las ramas de un naranjo en Linares, pero nadie me quita la emoción del ritual.
CDT.- Les deseo una feliz nochebuena y un estable cierre de año. Nos vemos en el 2011.
Les pido a todos ustedes, mis contertulios, que marquen en sus agendas esta semana como la más pobre en materia de posts. Aunque traigo un avispero de emociones, los párrafos nomás no se me dan. Padezco algo así como un embarazo sicológico-literario; es decir, traigo todos los síntomas de querer escribir algo, pero termino por parir nada. Apenas hoy entré al blog para actualizar a la groupie de la semana. También quiero decirles que estoy en tránsito. Mi enjuague mental es sentirme como Zidane en medio de la cancha, atento al partido, moviéndome de un lado a otro, cazando el pase, recibiendo el balón para compartirlo después, trotando, esperando la jugada brillante, el espacio, el ataque, y luego el gol. Ando en la media cancha hasta que suene el silbatazo final.
Un rito obligado cuando voy a rentar películas es pararme frente a la cajita de Bowfinger y ver la sonrisa puñetona de Eddie Murphy. No importa el ánimo en el que me encuentre esa cara me hace sentir bien, me relaja y me hace reír.
La reseca sangre azul de Inglaterra me inspira cualquier cosa menos entretenimiento y buen humor, pero el otro día vi esta foto de Guillermo y me reí. Su gesto es tan puñetón, que me cae bien.
El último taco de chicharrón representa lo que le sigue al exceso. El aguinaldo es esa cifra fantasma que se aparece una vez al año en la página de Banorte pero que al día siguiente se convierte en cosas tan raras como una factura de cambio de aceite autografiada por Grease Monkey. La navidad empieza tan temprano en el año que cuando realmente sucede todos estamos hasta la madre de santaclós. El gobierno tendría que liberar permisos para poner foquitos una semana antes del 25 de diciembre para que la fecha rescate novedad. O deberíamos de celebrar como los gringos celebran el thanksgiving, el mero día y se acabó, y uórale uórale rúmbenle los villancicos a otra parte. Hablando de gratitud, no les he dicho que Noyola y Cristina le regalaron a Mateo un Max de peluche hecho a mano que ya quisiera fabricar Disney. (Para más información apachúrrale aquí, sin albur). Gran regalo, gran. Recuerden: las personas que quieren y toleran a nuestros hijos son pocas pero son muy especiales. Hablando de Mateo, uno de aquéllos días me dijo que las hojas caídas de los árboles parecen mantarrayas y luego me obligó a ir por cinta scotch para que le pegáramos a su triciclo unas 20 de esas mantarrayas. A las ocho de la noche logramos armar un carro alegórico de tres ruedas tapizado con el desperdicio rojizo del otoño. Ahí vienen los gordos, ¡somos nosotros!.
Soy de la generación de Rocky Balboa, pero el chueco de Sylvester Stallone no me emocionó tanto de chavito como lo hizo Michael Douglas en Running (Corre por tu Vida, 1979).
Seguramente al programador del Canal 12 también le hacía muy feliz esta película del estropeado maratonista porque la pasaban seguido en la tele, casi siempre durante la tarde amarilla del domingo.
A mí me gustaba tanto que un día la grabé en la videocasetera con todo y comerciales de LTH, Banco del Atlántico (un océano de posibilidades) y filtros Gonher y, entonces sí, la vi y la vi y la vi hasta que me aprendí los diálogos y encontré algunos errores de continuidad en la historia. Creo que a esta película le debo mi admiración al hombre común que se convierte en héroe ejemplar por terminar lo que empieza, más que por ganar una competencia.
Con la motivación sin planeación que inspira el cine, algunas veces me salí a correr todavía de madrugada tarareando la rolita triunfalista de Running que tiene el feeling de "lo lograré", pero a las tres cuadras me detenía bien bofeado con un aguijonazo de dolor en el bazo. Además, mi pie plano y mi falta de constancia no iban a permitirme jamás terminar ni un 5K.
El otro día supe que Douglas tiene cáncer en la garganta y que ahora sí está corriendo por su vida. Él me cae muy bien y me han gustado varias de sus películas, como las que hizo con Kathleen Turner cuando ella todavía parecía mujer.
Antes de tenerme, mi mamá se echó unos hotdogs en el Centrito. Me llamo como mi papá y como mi abuelo, pero no como mi hijo. Cuando era niño pensaba como niño y me parecía a Felipito (el amigo de Mafalda), aunque yo siempre me identifiqué más con Manolito porque tampoco me gustan los Beatles. A veces empiezo por el postre. No sé contar chistes. Me han desinvitado de una boda y de una piñata. No entiendo los museos de cera. Tengo el pelo de Chubaca. Siempre me estaciono lejos del lugar a donde voy. En la primaria sacaba puros dieces y en la prepa cuatros y seises. Muy voluble, contradictorio, pero también soy sencillo y sin frijolitos.