martes, 21 de septiembre de 2010

Insomnio albóndiga

No les puedo ofrecer las coordenadas exactas de donde estoy porque no las conozco. Hace unos días me envolví en una bolsa de escombro y me traje hasta acá con los ojos vendados. Durante el recorrido a ciegas por varias cuadras yendo de izquierda a derecha apenas pude reconocer olores que me parecieron familiares hasta que mi entusiasmo cayó en coma. Escribo esto desde un lugar de mi conciencia que no me gusta. Fui secuestrado por un mí mismo malcriado que se ahoga en tubos de ensayo y en los minivasitos que te dan en Wendy's con los que puedes hacer muffins de catsup. Afuera de mí está ese mí mismo púber que no ha aprendido a resolver conflictos minúsculos como la bien vista eutanasia a insectos invasores ni a repeler las culpas de una moral intranquila. Me secuestré y me encerré en una habitación con espiral descendente. La quiebra, las lluvias, tanta pinche mala noticia, mi casa disfrazada de gotera para halowín y todas las preocupaciones de chimpancé que traigo hechas un enjambre en la cabeza me han borrado de un manazo las ganas de estar bien. El delito es practicar ese deporte tan mío de inventarme jorobas para que ni la camisa de once varas me apriete. Masoquista profesional, aunque amateur de nómina porque no le veo ganancias a esto de sufrir de oquis. ¿Trabajo en una mina? No. Entonces por qué el gusto a la autoflagelación que nomás sirve para que te tengan lástima. Más idiota aún es creer que la distancia resuelve la alquimia imposible de convertir mis defectos en un espejismo igualmente idiota: obtener la percepción en los demás de que soy una persona virtuosa, pero desperdiciada.

Hice de la inmadurez un templo en donde le rezo a mi mártir mío de mí; decidí que las personas que admiro no me conozcan tanto porque tengo tanto pinche miedo de ser tan interesante para ellos como lo es el rechinido del columpio (no el columpio itself) que en este mismo instante pone la piel de gallina a la vecina delicada, misma que no puede morder un durazno porque siente que encajarle los dientes a la piel de la fruta es como masticar un cojín de terciopelo. El domingo me di varios puñetazos en la mandíbula emulando a Edward Norton en aquélla película en donde se vuelve loco frente a una copiadora. A la fecha siento moretones pero no logré convertir mi alter ego en Brad Pitt. Al día siguiente, una hora en el tráfico me hizo construir en la imaginación la fantasía de mudarme a Nueva Zelanda. Me imaginé allá, rentando una de esas casas de madera color turquesa con vista a un mar de horizonte esférico. Me vi yendo a pata al mercado, renunciando a la criada y lavando mi ropa inyectando centavos con reinas impresas que no conozco en una lavadora de centro comercial; me figuré haciendo todas esas "incomodidades" placenteras que tienen las civilizaciones realmente civilizadas. Todo lo que me esperaba en Nueva Zelanda era mejor que pasar una hora en el carro zixagueando entre baches y pendejos. Pero luego pensé que la primera persona que me recibiría en el aeropuerto de Wellington sería el mí mismo malcriado que tengo (o que me tiene). Entonces, ¿para qué ir tan lejos si uno siempre se lleva pegado a sí, como equipaje cutáneo? Yo los invito a que pase lo que pase no olvidemos el sabor de las mandarinas aunque cuando preguntemos por ellas el señor del HEB nos haga sentir fuera de temporada.

Escribo esto la madrugada en que Maga cumple años, (¿aplica en las mujeres ese lugar común de llegar a la edad de Cristo?). También hoy es el santo de Mateo y yo celebro un año desde la última vez que me rasuré. Dice Lupe que regularmente empiezo escribiendo denso pero que termino luminoso, u optimista. Ahora no sé cómo terminar. ¿Me despido con una pirueta o con una galletita? Lo mejor será regresar a la cama para seguir horneando insomnio.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Lightning crashes

En vez de dar el Grito de Independencia mejor agradezcamos los partos que nos han hecho felices. Propongo que celebremos los alumbramientos que nos regalaron a la gente que queremos, que nos hace reír y que nos reconoce como importantes en su vida. Demos las gracias a las mujeres que algún día pujaron para que nacieran nuestras personas favoritas.

Se oye raro pero, que vivan las señoras que, con grito o sin, expulsaron de su vientre a mis amigos, a mis amigas, a mis papás. También ¡viva, viva! la mujer que dio a luz a Natalie Portman y a la que hizo lo mismo con Germán Dehesa.

No hace mucho conocí a un feto que se hizo niño frente a mis ojos. Hay que creerle mucho a la naturaleza cuando ésta te convierte en papá. A dos meses de cumplir cuatro años, Mateo sigue capitaneando el ranking de mis partos preferidos.

Hay tanta gente que merece nacer.

VIERNES MUSICAL.- Hablando de partos, va esta canción de Live. Buen fin de semana.

martes, 7 de septiembre de 2010

Nunca hemos sido los guapos del barrio II

En Colinas de San Jerónimo jugar futbol era más una actividad para despistar al aburrimiento que para colgarse victorias.
Los goles eran lujos perecederos tanto o más que la luz mercurial que parpadeaba sobre la cancha de cemento seis meses y seis meses no. Las derrotas no avergonzaban a los perdedores más allá de la hora de la cena. A menos que un balón disparado desde una vistosa chilena-chilera azotara la reja que hacía de red, nadie presumía demasiado sus jugadas de acierto. El castigo por no brillar en el equipo era que te mandaran de portero y aun en esa posición era preferible cubrirse los huevos frente a un pelotazo que evitar la goleada en contra. Los goles casi no importaban, se cantaban y se festejaban como si fueran partos de aire invisible, huidos al instante, perdidos en la próxima jugada. Las anotaciones no se gritan igual cuando no hay público que haga coros y como prueba están esos goles profesionales que se meten en un estadio vacío por culpa de algún veto.

Tampoco ninguno de nosotros presumía sus calificaciones. Ser burro era bien visto; fallarle a los libros nos diferenciaba entre la bola, nos ponía en relieve. Era menos madreable reprobar matemáticas que ser la estrellita del salón. Entre mis amigos no había mentes brillantes pero el anormal era Javier el de Menudo quien aguantaba sin esfuerzo promedios excelentes en una escuela de gobierno (a Javier le abochornaba hablar de eso, de sus altas calificaciones pero más de la secundaria de gobierno).

Todavía menos presumible era nuestra moda. Hubo un tiempo de mi vida en que no conocí las marcas ni sus logotipos. Si acaso la palomita de Nike aparece en mi memoria pero sólo como una excepción a la regla heredada de vestirse lo más anti cool posible. En el reino de los cacos no se señala a quien reincide en pecados de estilo y etiqueta. Mis amigos criticaban el pantalón brincacharcos pero te veían feo si traías tenis nuevos. También se burlaban si a la altura de la axila te mapeaba una mancha amarillenta como si alguien te hubiera eructado ahí un fantasma de nicotina. Nos vestíamos a como nuestros papás nos iban colgando trapos y es bien sabido que a los papás de los años 80 les sobraban buenas intenciones para educarnos y mal gusto para escogernos ropa de aguascalientes.

Los amores ni siquiera figuraban en nuestro departamento de objetos perdidos porque ni uno de nosotros tenía pegue. Para empezar, no había vecinas guapas y si hubiera habido no hubiéramos sido nosotros el target de sus feromonas (había una vez un hubiera...). Dicen que no puedes extrañar algo que no has tenido, pero estoy seguro que nosotros añorábamos a las Winnies Cooper que jamás se aparecieron. Si veíamos por ahí un camión de mudanzas inmediatamente preguntábamos si se había cambiado a la colonia alguna niña bonita, pero la noticia era siempre la misma: los recién llegados eran matrimonios jóvenes sin hijos, o con hijos bebés, o con puros hijos varones. Parecía que jamás íbamos a saborear un lipstick.

Entonces, nuestra vida a los 11-14 años consistía en jugar futbol sin demasiada entrega, chafear casi a propósito en el colegio, vestirse con el penúltimo sollozo de la moda y gastarse el semen en un calcetín anhelando que una niña bonita llegara a nuestras calles para que, ahora , su presencia nos motivara a jugar mejor futbol, sacar buenas calificaciones y vestirnos menos peor.

1984.- Ya me gustó meter una canción al final de cada post. Mis primeros dos casets fueron Thriller de Michael Jackson y 1984 de Van Halen. De este último me gustaba mucho "Drop Dead Legs" que nunca llegó a sencillo y que tiene el feeling de "Back in Black" o "You Shook Me All Night Long" de AC/DC, ideales para caminar como un chingón sin el requisito de serlo. Además, es de esas canciones que no se quieren terminar, que se alargan.


jueves, 2 de septiembre de 2010

Homo Ñetus

"Si fueras más fresilla no tuvieras tantas dificultades"
Francisco Escobar T.

¿Quién lo quiere al cochino dinero tener?, cantaba Alex Lora cuando todavía era soltero y manejaba un bigotillo ralo como de miadera de coyote. Treinta años después con el mismo cochino dinero nuestra joya rocanrolera pudo indemnizar a la familia del hombre que su hija Celia mató accidentalmente.

Los bienes sirven para remediar los males, palabras de abogado.

Me acuerdo cuando se decía que la muñeca Barbie era nociva para las niñas porque les metía en la cabeza que la felicidad era igual a estar bien buena, con chingos de ropa y casota y carrote convertible. Luego conocimos a La Barbie en su formato de narcotraficante y ahora a los hombres de 3o y tantos años este sujeto sonriente nos mete a la cabeza una idea: para hacerse de un patrimonio tipo suizo hay que violar la ley. Poner bien tiso al prójimo.

Pero también hay hombres que saben hacer dinero de manera legal. Ah, cómo los admiro.

Mi amigo Paquillo calcula que son entre cuatro y cinco enanitos los que se te cuelgan de los huevos cuando andas jodido de dinero y al mismo tiempo con muchas deudas y pendientes por resolver. Lo peor es que estos enanitos, que son del tamaño de un encendedor bic, te voltean a ver mientras se cuelgan de tu parte noble (que en realidad es bien plebeya) y te avientan una mirada como diciendo: ¿Y cómo chingados piensas hacerle?

Marito, otro amigo enterado en el tema, asegura que los ricos no son felices; son felicísimos.

Yo soy descendiente del eslabón perdido, del Homo Ñetus. En el Paleoceno, me parece, los hombres de la tribu salían con la nalguilla de fuera a cazar búfalos y otras bestias para matarlas, asarlas y usar sus pieles. Mientras tanto, mi antepasado, el Homo Ñetus, tan romántico y perezoso para las cuestiones de la cacería se quedaba en la aldea para organizar torneos de matatena entre las hembras del clan, a ver atardeceres, a hacerle cosquillas a los niños, a contemplar el baile entre el viento y la arena rojiza, a escribir y a dibujar monitos en las cuevas.

El Homo Ñetus es el macho que no sabe hacer dinero. O no sabe hacer riqueza con las cosas que le gustan. Mi estabilidad económica depende del control que hago de mis deudas, no de mi capacidad para hacer billetes. Gano lo mismo que hace muchas, muchas temporadas de lluvia. Y luego me torturo asociando la virilidad con la habilidad de producir y acrecentar el patrimonio.
¿Qué tipo de hombre soy? ¿Proveedor a medias? ¿Cuáles son las expectativas que quiero cubrir? ¿Qué tan mías son? ¿Qué es lo que lamento, el desperdicio de talento o las vacaciones que no me puedo dar? ¿Me quiero vestir mejor o no?

No me estoy cayendo para que me levanten. Sé muy bien lo que tengo que hacer. Ando un poco cabreado porque vengo de pagar en el taller el más reciente resfriado que le dio a mi carro. Algunos miles de pesos me dijeron adiós. Tengo que lograr que regresen a mí multiplicados por dos. Tengo que trabajar más. No quiero aprender a cazar búfalos, pero sí necesito originar mejores recursos haciendo lo que me gusta hacer. Tengo que lograr que el Hombre Ñetus evolucione. Creérmela. Potencializarme. Supermanizarme.

O puedo esperar la próxima quincena y por mientras acomodarme de cucharita con la cobija hasta el cuello. Zzz...

ROLITA.- Cambiando de trama pero no de tema: Se me hacía-hace bien sexy esta mujer. I swear.

jueves, 26 de agosto de 2010

Smells like...

Nosotros que practicamos el pasito de Michael Jackson hasta la ridiculez, que repasamos en la tele los saltos hacia atrás de David Lee Roth, que tiramos la babota con la batería giratoria de Tommy Lee. Nosotros, que envidiamos el peinado de Corey Haim, que (des)conocimos a Jim Morrison por culpa de Oliver Stone, que nos agitamos en el hip hop blanco de Beastie Boys y en el heavy metal negro de Living Colour. Nosotros, que descubrimos la importancia que tiene el bajo en una canción gracias a Adam Clayton y disfrutamos la agrura de una guitarra con INXS.

Nosotros que dijimos di que sí, di que sí, di que sugus, y que emulamos el escape de una motocicleta colgando un frutsi en la llanta de la bici. Nosotros que conocimos el mundo sin sida, sin reguetón. Nosotros lo vivimos, a nosotros nos pasó. Un día oímos Smells Like Teen Spirit y supimos que éramos parte de una generación sin otro himno que el grito armónico de Kurt Cobain ni otra distinción que la de ser la última prole predigital. A nosotros que habíamos sido tan de galleta oreo, nos empezaron a gustar las galletas de animalitos.

Recuerdo como si hubiera sido hoy la primera vez que escuché esa canción. Iba manejando el Atlantic rojo de mi papá rumbo a casa de Gabriel Machuca para hacer una tarea de la clase de Radio. La canción empezó justo cuando llegué a mi destino pero no me quise bajar del carro hasta que se terminó. En ese momento confirmé mis ganas de hacerme un uniforme basado en pelo largo, camisas de franela, suéters rasposos y camisetas a rayas estilo Beto y Enrique.

Pude haber visto a Nirvana en Vancouver en enero de 1994, pero no tuve el dinero para comprar el boleto ni los huevos para conseguir dinero para comprar el boleto. Recuerdo haberme consolado en que otro día, otro año, en otra ciudad los vería en vivo, pero pocos meses después se suicidó la voz de esta generación mía tan mal organizada.

Recibí la noticia de su muerte en los pasillos de la UdeM; no recuerdo a la persona que me la dijo, o si lo vi en la tele o si lo escuché en el radio. Sí me acuerdo que me senté un rato en las escaleras con la sensación de haber sido golpeado en el estómago. Me sentía muy triste, nuestro Ritchie Valens acababa de estrellarse pero en una avioneta muy distinta, con las hélices en forma de escopeta. Fue el día en que nuestra música murió. A varias personas les dije esa mañana que había muerto Kurt Cobain y a la mayoría le valió un poco madre. Al mismo tiempo me sentía ridículo por sufrir la pérdida de un suicida; ridículo y triste.

El 19 de septiembre se cumplen 19 años del lanzamiento de Smells Like Teen Spirit. ¿En dónde nos agarra este aniversario?

A mí me agarra en el momento en que siento que le he devuelto al mundo un poco de la mierda que él me ha regalado; he contribuido al dolor, y lamento en el alma que mis acciones hieran y afecten a los que viven de la puerta para adentro.

Me agarra también asustado porque hace algunos días vi de cerca, muy de cerca, el tránsito ilegal que sustenta el negocio negro que tiene podrida a ésta y a otras muchas ciudades. Temí por mi vida, aborté la denuncia.

Y me agarra muy contento porque los lectores anónimos tienen cara, y me pueden abrazar y me pueden decir que les gusta lo que escribo. Este saludo en forma de párrafo va para Miguel Flores que me reconoció por la barba en una estación de autobuses texana y dice leerme desde hace dos años. Qué chingón.

JUEVES MUSICAL.- Obvio, va una de Nirvana. No es la canción que inspira este post, pero es mi favorita.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Para papás novatos

La primera vez que uno toca la playa cuando va de vacaciones se siente el turista menos bronceado y el más menso de la costa. Con el torso lechoso de blanco, los primeros minutos en la arena anda uno averiguando apenas en dónde están los camastros, cómo se llama el ñor que te presta las toallas y en dónde queda el bar para pedir un cheve.

Toda esa sensación de saberse incluido en una Risa en Vacaciones se acentúa cuando te topas con turistas adaptados y bien bronceados que ya han hecho suya la playa que a ti todavía te parece ajena.

Igual llega uno a la paternidad. Totalmente perdido, en medio de una playa que se ofrece hermosa, pero completamente extraviado. A tu alrededor observas papás experimentados (turistas ya acoplados al mar) mientras tu andas blanco, blanco, gris, gris; inmaduro, tan acostumbrado a tus años de hijo pero tan metido ahora en el equipo de los papás.

Tengo más de tres años caminando en esta playa, en esta paternidad nueva para mí -ya no tanto-, asoleándome a peso, aprendiendo de las mareas altas y de las bajas, hipnotizado con los atardeceres y los amaneceres. Igualmente perdido, pero más con la idea de ir hacia un rumbo a pesar de que éste sea siempre desconocido.

Justificado con esa poca experiencia quiero compartir con los nuevos papás (turistas recién llegados a este hotel tooodo incluido) cinco consejos paternales que espero les sirvan. Les voy a hablar de . Ahí van.

1.- Las mujeres la traen robada; eso es lo más importante que debes saber. Ellas tuvieron nueve meses para familiarizarse con tu bebé y tú que te sientes bien chingón porque firmaste los papeles del hospital y pagaste la bisutería que habrás de regalarle a quienes vayan a visitar a tu hijo/a. La neta es que no sabes nada de ser papá y las ves a ellas como si ya hubieran sido mamás desde que nacieron. No te apaniques con eso, tú aprende a cagarla a tu ritmo, a tu tiempo y espacio. Que tampoco te den (tantas) órdenes, no te dejes; echa a perder cuantos pañales te acerquen y por NINGÚN motivo le alegues o le discutas a tu mamá o a tu suegra respecto al cuidado de tu bebé. Déjalas que te impresionen, sí, ándenles, pero luego ciérrales cordialmente la puerta de tu casa cuando se hayan ido y consulta con el pediatra si tienes una duda fuerte.

2. Déjate consentir por el gremio femenino. En mi colonia de niño era popular el guapo, el chingón en el fut y el que tenía una moto. Pero más el que tenía en su casa cachorritos o gatitos recién nacidos. Las niñas de mi colonia corrían hacia quien sacara a pasear a un perrito, ¡no había mejor manera de ligar que ésa! Aplica esa onda, salte de vez en cuando tú solo con tu bebé a la calle y haz la prueba. Deja que las mujeres desconocidas te digan con la mirada "qué lindo chavo, míralo, anda solo con su bebé", deja que se acerquen a la carriola, que te pidan su nombre. Observa el brillo de sus ojos, el tono ridículo que usan para hablar y acariciar a tu nene, pero, ¡PERO! no te confundas: la estrella es el bebé, NO tú. No te portes como pendejo aunque lo seas; recuerda: no se liga en pañalera porque de papá cuero y admirado pasas a viejo raboverde en un segundo.

3. Acostúmbrate a que en las primeras fotos con el bebé vas a salir con la cara de Bela Lugosi. Bien ojeroso, bien jodido, bien madreado, pero con una sonrisa abierta que no te conocías. Tómate varias fotos si quieres, pero vas a salir de la chingada. Y a lo mejor el bebé tampoco sale con su mejor cara pues todavía está peinado con gel de placenta. Después del mes, cuando en teoría estés durmiendo ¿mejor? y el bebé abra más los ojos, es buen tiempo para comenzar la maratónica e interminable carrera por retratar a tu hijo hasta que el flash aguante.

4. Lo más culero de todo es aprender a ponerle los calcetines al bebé. Bueno, lo fue para mí. Cada que intentaba ponerle uno sentía que le rebanaba sus deditos o que le sujetaba una uña hasta descarnarlo. De hecho, todavía batallo mucho ahora que voy a revisar a Mateo a su cama y tengo que ponerle calcetines mientras dormido mueve sus pies a patadas. No te voy a decir que practiques con muñecas esa delicada tarea de ponerle calcetines a tu bebé, pero te advierto que no es mala idea.

5. Nadie te va a recomendar que disfrutes el dolor y el cansancio, pero yo sí. Cuando Mateo tenía apenas una quincena de nacido, un vecino me recomendó disfrutar la etapa de las desveladas, desmadrugadas y desmañanadas porque se va rapidísimo. Hablo de las primeras semanas en las cuales el bebé llora y se despierta por 15 razones y ninguna de ésas parece la correcta. Levántate a deshoras a prepararle el titi (alias biberón), a ayudarlo a que eche sus gases por ambas vías, a que ronronee en tu hombro ese tamal vivo. En menos tiempo del que puedas hacer conciencia, tu hijo se levantará solo al baño en la madrugada, hará un chingo de ruido, azotará la tapa del escusado, te sacará un pedo, orinará, y se largará a su cama a seguir durmiendo. Y cuando se levante en la mañana, antes de ir a darte los buenos días, prenderá la televisión. Entonces te preguntarás: ¿Y dónde está el bebé?

jueves, 5 de agosto de 2010

Face to face

"I would rather have a prostate exam on live television
by a guy with very cold hands
than have a Facebook page".
George Clooney


Respeto lo que no conozco. Hago un esfuerzo para no tirarle popó a las nuevas tecnologías y/o redes sociales porque luego me pasa que cuando las conozco, me gustan, o peor, me hago adicto a ellas y luego me tengo que tragar mis palabras ofensivas como si fueran un hotdog extra size.

Tengo varios meses puliendo una respuesta que a todos deje contentos -incluido a mí- del porqué no tengo Facebook.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Los que defienden la utilidad del Facebook me dicen que sirve para reencontrarse con "miles" de personas que hace "años" no ves. ¿No les da güeva eso? ¿Por algo dejamos de ver a esas "miles" de personas, no? ¿Para qué reencontrarlas? ¿No es ya abrumante la cantidad de compromisos que tenemos con la gente que actualmente nos rodea como para comprometernos con la gente del pasado?

Algunos aseguran que esos reencuentros son ideales para hacer negocios porque nunca falta que por ahí te encuentres proveedores, clientes, nuevos socios, etc. Bien por ellos.

Otros usuarios satisfechos señalan que Facebook es una herramienta preciosa para viborear (del verbo voyeur) a la gente y ver qué tan vieja, gorda o buenota se ha puesto aquélla con la que compartimos los tiempos preinternet. Yo aquí sí tengo que doblar las manos y aceptar que se me antoja viborear a toda esa raza que decía que no se quería casar y que ahora sube fotos a lado de los quequitos que mandaron pedir para celebrar las piñatas de sus hijos con nombres revolucionarios.

También me gustaría ver en qué quedaron las curvas de una Gabriela, muy cabronsita ella, que un día en la prepa me mandó a la burguer porque yo "no me daba a desear".

La verdad sí creo saber por qué no quiero tener Facebook. Tiene que ver directamente con una de mis inseguridades más primitivas. A mí toda herramienta que sirve para decirle a los otros: "mira qué chingona vida tengo" me da para atrás.

No me hagan caso, es complejo mío, pero me inhibe esa competencia (que a lo mejor no lo es) por ver quién tiene más "amigos", quién sube las fotos más divertidas, quién se fue a el lugar más exótico, quién acondicionó más paique una fiesta lounge en su patio, quién logró que salga su cara junto con la torre eiffel completa o quién tiene la foto más hipster en su perfil.

Eso me da estrés. Suficientes comparaciones me persiguen como para dejarme embobar por los jardines tan verdes que los vecinos exponen en Facebook no importando si es pasto artificial o del bueno. ¿Por eso le apuesto a la siempre enigmática, mucho más cómoda y menos arriesgada condición de no estar? ¿Me siento inseguro y por eso no tengo Facebook, o tan seguro me siento de mí que no lo necesito? Es pregunta de examen, muchachos.

Rolita
, por favor.