Quise ser un niño de voz ronca y pecas. Me gustaba cuando al resfriarme se me cerraba la garganta porque eso me ayudaba a hablar rasposo. Quería ser el padrinito. Teniendo todos mis dientes, quise perder uno para que por el hueco entrara un chisguete de aire que me permitiera
sesear. Quise ser un niño de voz ronca y pecas y que
seseara. Pero ni pecas ni ronquera ni
seseo tuve.
Crecí y rompí un matrimonio y un zapato. Cuando llovía y traía mi zapato roto esquivaba los charcos saltando en el pie izquierdo para no mojarme el calcetín derecho, era como jugar a la bebeleche con corbata y edad. Se me rompían las camisas, el cinturón, el zapato y el matrimonio, pero todo lo escondí en una barba de dos años que me dejé para convocar un aire de intelectualidad, pero el adorno facial estaba más relacionado al sueño de fuga y la dejadés.
Tuve que acostarme un año y medio en el diván para descubrir que el hoyo de mi suela era idéntico al de Alicia, aunque mi país no era el de las maravillas. Me quité la sedación del alcohol y fui aprendiendo a vivir con el botón de
encendido veinticuatro horas al día, siete días a la semana. A veces he sufrido la ausencia del piloto automático, pero no tanto como he disfrutado los despertares sin culpa ni remordimientos. Tigres es campeón cuando ya casi no me interesa el futbol. Abaratan la cerveza cuando ya no tomo. Los tiempos de Dios me tiran madreada.
Con carro prestado y suéter regalado llego hasta un colegio y luego hasta la oficina de una sicóloga, quien me habla de las pruebas que le realizó a mi hijo y de lo bien que éste salió calificado. Es un niño muy maduro, me dice, muy inteligente, muy feliz, muy instalado en su realidad, muy cariñoso.
Mateo le dijo a la sicóloga que la persona que más lo quiere es su papá, porque le hace bien rico de comer: huevito con catsup.
Mateo también le dijo que la persona que él más quiere en el mundo es su mamá. Y yo no puedo estar más de acuerdo con él.
Yo, el azotado de antes, el amigo de lo jodido, el encariñado con el desgaste, el apanicado con el mantenimiento, el fan de la ronquera, de la boca chimuela y del zapato agujerado; ese
yo no entra ni sale de la oficina de la sicóloga infantil. Ese
yo se queda en una memoria rota, en un resentimiento por superar; se queda en la sala de espera aguardando un perdón humano.
El que entra y sale de aquélla oficina es el
yo que renace hoy. El que imagina oportunidades para progresar. El que determina que, por lo menos este lunes, no le va a hacer daño a nadie, consciente ni inconscientemente. Estoy viviendo en un
yo rebajado en temores. Estoy metido en un
yo que es un pendiente enorme, pero que tiene una vida igual de grande para resolverse a sí mismo.
Por lo pronto, mi hijo va a entrar a preprimaria. La sicóloga insistió en que es un niño muy inteligente y recalcó que eso está en los genes. Esto último me lo dijo con una sonrisa que para mí fue como una flor.